Eran sus zapatos favoritos, pero ya habían llegado a su fin. ¿Qué voy a hacer? pensó. Encontrar un zapato siempre había sido su más terrible odisea, ninguno era lo que él quería. No tenía ningún defecto en sus pies, solamente lo mismo que todos, si un zapato le quedaba bien de largo, le quedaba ancho, y uno que le quedaba bien de ancho, le quedaba corto.
Encontrar sus últimos zapatos fue una aventura de tres días: ir a las grandes y pequeñas tiendas, de barrios altos y de barrios bajos, pero tuvo suerte en encontrar una zapatería que trabaja con reos en rehabilitación, ya que ante la típica complicación que se le presentó, se lo arreglaron de inmediato. "Volveré a esa tienda, a ver si tengo la misma suerte que la última vez".
Pidió libre un día de trabajo, ya que por si las moscas, le iba mal en la tienda, se tenía que poner a recorrer todo.
Llegó temprano y entró a la pequeña zapatería, el olor a betún impregnaba las maderas del pequeño negocio, donde entremedio de montículos de zapatos que había que reparar, estaba el muy anciano señor que atendía. Arriba en una estantería donde estaban expuesto varios pares de zapatos, notó unos que estaban en la cima. Le llamó la atención lo elegante que eran, y lo cómo que se veían. Se los pidió al vendedor, notó que eran de su número habitual. Se sentó para probárselos, y cuál fue su sorpresa, le quedaban perfectos, largo y ancho suficientes. Se levantó para caminar con ellos y era como andar a pie descalzo. Cómodos, debo venir más seguido, pensó.
Los dejó en la mesa donde estaba la caja, y se los pidió al anciano. El hombre al percatarse el modelo que eran, preguntó al hombre con cierta impresión: "¿Está seguro que quiere llevarlos?", "Por su puesto"-dijo-"Me han quedado de lujo, como si estuviesen echo para mí". Se los guardó en una caja, y se los entregó. "Cuídelos" fue su única advertencia.
Llegó contento a casa, porque el día le quedó libre, con un par de zapatos nuevos a casa, así que se dio una merecida siesta, ya que un pesado sueño se estaba apoderando de él.
Cuando despertó vio las luces de otros departamentos. Impresionado de todo lo que había dormido, fue a servirse algo de comer. Abrió el refrigerador y sacó un par de pasteles de chocolate que había dejado de ayer. Un sabor raro recorrió sus labios. Notó que no era chocolate, pero era algo que venía de sus manos. Sintió que las tenía húmedas y que algo caía de ellas. Prendió la luz. Era sangre. Lo supo, por ese color rojizo inconfundible. Revisó sus brazos, sus piernas, su cabeza y su boca. ¿De dónde pudo haber provenido? Se bañó, se limpió, pero él no tenía ninguna herida.
Olvidado ese extraño asunto, prendió la televisión, vio las noticias, vio la programación nocturna, hasta que sintió un grito desesperado de ayuda. Se levantó, salió a ver qué pasaba, era su vecino que vivía con su anciana madre. Alguien había entrado a su departamento mientras trabajaba y la mató de tres puñaladas.
Conmocionó a todos los que vivían en el piso, nadie escuchó un sonido extraño, incluso él se disculpaba, diciendo que durmió todo el día. "Pobre anciana" pensó "Hacía ricos pastelitos de chocolate"...
...
Ale, lo redactaste tu?
ResponderEliminarMUY BUENO!!!
Me gustó mucho la manera que tienes de redactar!
Sigue así y mucho éxito!!
wuajaja xD si, lo redacté yo, era una historia que hace rato quería hacer!, pero empecé la tesis ¬¬ y ahora a trabajar XD, a ver si de apoquito nacen otras que quieren salir :) !
ResponderEliminargracias!! :D