Corre detrás de la nada, buscando en lo desconocido. El piso es firme, las paredes también. Camina a ciegas, mientras todas las sensaciones la inundan, olores, canciones, cariños y sabores. Se saca la vendas, todo el blanco y caen nubes que parecen algodones. Sigue explorando, parece un laberinto. Juega a que conversa con alguien, ese alguien la invita a seguir explorando, a seguir buscando un no sabe qué. Su curiosidad la lleva a los rincones más lejanos del laberinto blanco, descansa, juega, ríe. Ya no es alguien, son más, conversan, se entretienen, inventan, discuten y vuelven a reír.
Encuentra ese algo. Una caja. Llena de colores. Raya las paredes, dibuja flores, praderas, sonrisas. Crea su mundo. Le dicen que siga así. Que los dibuje a ellos, para que se conozcan.
Ya no quedan más paredes por pintar, todas llenas, sobreponiendo pinturas una tras una, que ya lucen negras. Cada vez más y más negras, se empiezan a debilitar. Una se resquebraja, un sonido de quiebre por el suelo, cada vez más intenso. No sabe de donde viene, ni donde puede terminar. La desesperación la acongoja, corre en contra del sonido, las voces le dirigen el camino. Tropieza una y otra vez. Siente cómo el suelo cae, como su laberinto se debilita, el vacío se apodera de ella, y cae. Se afirma. Las voces la animan. No lo suficiente. Y cae. Para nunca más volver a soñar.
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